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La pintura en el Tolima: su impronta en el siglo

No se había realizado, sin discriminaciones, un estudio de los trabajadores de las artes plásticas a lo largo del siglo XX en el departamento del Tolima. Reunimos aquí, entonces, no sólo a los maestros consagrados sino también a quienes apenas ahora buscan su camino.

La tarea cumplida ya por Pijao Editores y su equipo de investigación en trabajos ambiciosos como útiles, sigue sin detenerse tras la publicación de Protagonistas del Tolima Siglo XX y otros títulos.

Para comenzar, nos surge una pregunta: ¿cada cuánto se produce un pintor en el Tolima? Menos de uno por año, lo que en un número de 73 para este siglo no es demasiado. Desde luego, son pocos los que logran una verdadera maestría pero ahí están todos en la brega sosteniendo un oficio con vigorosa disciplina y esperando un balance riguroso para constatar si ingresaron realmente al territorio de lo memorable.

Seis son las décadas en que hemos dividido el libro. La del 10, con dos excelentes artistas nacidos a comienzos del siglo XX, surge como la menos representativa en número, pues todos aquellos que se iniciaron de manera paralela en el oficio se quedaron en el anonimato o se perdieron en el túnel del tiempo. De todos modos, gracias a la calidad de su obra curiosamente incomprendida por sus coterráneos, surgen, tanto Darío Jiménez como Julio Fajardo, como dos verdaderos maestros que, gracias a la calidad de sus trabajos, se imponen tranquilamente con el paso de los años y quedan de manera perenne en el balance de nuestros más destacados artistas. Los afortunados reconocimientos nacionales e internaciones, como puede advertirse en el recorrido por sus respectivos perfiles, proyectan la medida de su dimensión.

La década del 20 aparece con 8 representantes, la del 30 con 9, la del 40 con 22, la del 50 con 23 y la del 60 con 9.

De los 73 vinculados al registro, más del 50 % no ha tenido un formación académica universitaria completa; es decir, tienen en su hoja de vida diversos cursos pero no la maestría, lo que indica un predominio de disciplinas marcadas por el autodidactismo, la persistencia de vocaciones militantes y una búsqueda que da muchas veces palos de ciego para encontrar un lenguaje propio.

A nivel de su estrato social se encuentra un gran porcentaje proveniente de sectores humildes y medios de la población. Es fácil ver, igualmente, de qué manera la infancia marca en casi todos unos espacios donde descubren su habilidad para el dibujo y les define los iniciales lineamientos de su oficio, puesto que son contados los que han llegado de manera “tardía” al ejercicio de su vocación.

La calidad general se ve afectada entonces por la carencia de una formación académica regular, y el recorrido por los aconteceres claves de la región en estas disciplinas deja entrever la gran frustración causada por el cierre de diversas instituciones que, a pesar de su importancia, nunca tuvieron el apoyo suficiente para su continuidad y, por el contrario, fueron catalogadas como estorbos y problemas que era necesario borrar de las preocupaciones gubernamentales. El más notorio es el cierre de la Escuela de Bellas Artes de la Universidad del Tolima, un atropello memorable que demuestra el nulo interés del Estado por propiciar ambientes y estímulo que ofrezcan garantías para quienes aspiran a formarse integralmente en el oficio.

Hacia 1957 existió la Escuela de Cerámica Departamental en Ibagué, orientada a lo largo de varios años por el maestro Julio Fajardo, quién cumplió una útil tarea pedagógica al organizar a los artesanos de la Chamba, de donde salió, a partir de un trabajo rupestre, otro más artístico aunque comercial, como se imponía. En 1963, igualmente, se creó la Asociación Cívica Popular para estimular el arte y los artistas tolimenses, pero la nueva institución no contó con respaldo para cumplir sus objetivos.

De otro lado, al cierre de la Escuela de Bellas Artes, surgieron centros independientes como la Casa Cultural Roberto Ruiz, los cursos aislados de extensión ofrecidos por maestros que lograron sobrevivir en la Universidad, los programados ocasionalmente por los Institutos de Cultura y los ofrecidos por pintores de manera aislada, que en su momento cumplieron y en algunos casos actuales cumplen un papel protagónico, sustituto del vacío presentado en la región. Este vacío viene cubriéndose ahora en parte con la licenciatura en artes plásticas que abriera el programa de Universidad a Distancia en la Universidad del Tolima y, más recientemente, Coruniversitaria.

Vale destacar en los últimos años la fundación de la galería Viva el Arte, organizada por pintores de la última generación que alcanzaron a convertirse en el único pulmón amplio de carácter privado, sin respaldos financieros y amparados tan sólo con el recurso de sus propios e ingentes esfuerzos. Lamentablemente desapareció por asfixia económica sin que nadie le hubiese prestado los primeros auxilios.

Algo para subrayar en este balance de hechos referentes a la plástica en el departamento, es la existencia de una colección que fue realizando el gobiernos seccional a través de entusiasmos como el de Julio Galofre Caicedo, director por varios lustros de la Extensión Cultural del Tolima. Obras de grandes maestros nacionales tuvieron escenario en el Museo de Arte que funcionaba en un mezanine del palacio de gobierno donde se realizaron importantes exposiciones, pero que, bajo otras ópticas de diversos mandatarios, lo consideraron un desperdicio de espacio y convirtieron este apropiado lugar en oficinas burocráticas, concretamente la oficina de turismo, pero sin cuadros.

Más ahí no termina la historia. A falta de un sitio apropiado para colgar tan valiosas pinturas, fueron diseminadas en algunos despachos oficiales y la mayor parte arrinconadas en un oscuro e inapropiado cuarto de las dependencias del Teatro Tolima. De allí, inexplicablemente, fueron desapareciendo obras de Obregón y de Botero, por ejemplo, sin que los responsables de su cuidado hayan ofrecido explicaciones y sin que haya existido castigo alguno para el atropello al patrimonio cultural de la región.

De otra parte, antes de inaugurada la sala de exposiciones de la Biblioteca Soledad Rengifo, la de la Biblioteca Darío Echandía o la Rafael Parga Cortés de la Universidad del Tolima, antes de la existencia de salas como la de la Cámara de Comercio o de Coruniversitaria, por ejemplo, el único espacio apto para la realización de muestras pictóricas o escultóricas era el primer piso del edificio de la gobernación, que también fue destinado a otros menesteres.

Sin salas, sin escuelas, sin academias, es un milagro que podamos decir, o acaso lo digamos justamente a pesar de ello, que existe un grupo de pintores representativos que naturalmente se formaron fuera del Tolima, en su mayoría. Quienes por diversas circunstancias no pudieron marcharse de Ibagué quedaron al garete de sus propias limitaciones.

De todos modos, la historia nos enseña que el momento más dramático que han vivido las posibilidades para que se eduquen las nuevas generaciones, fue la suspensión de la Escuela de Bellas Artes de la Universidad del Tolima con el peregrino argumento de que no era rentable. Todos estos avatares, sin embargo, comienzan a tener un camino menos tortuoso al establecer el gobernador Francisco Peñalosa amplios y modernos espacios para la cultura y el arte, tal como ocurre con el nuevo Centro de Convenciones en el primer piso de la Gobernación y el mismo teatro Tolima.

Si examinamos el sitio de origen, salvo Melgar con pintor y el norte del Tolima con 20 repartidos en siete municipios, - 27,4% a más de Ibagué que cubre el 56,2 % de los artistas -, existe en el resto de la geografía, oriente, centro y sur, una completa orfandad de maestros. ¿Qué factores han influido para que este caso ocurra? No lo sabemos pero lo dejamos como una inquietud para estudiosos, por cuanto nuestra labor no es aquí de orden crítico sino la de recopilar, rescatar y difundir el oficio de la maestría en las artes plásticas.

De los 73 pintores incluidos, once no nacieron en el Tolima, (15%), pero desde tiempo tempranos se radicaron acá o han permanecido en el departamento por mas de un cuarto de siglo, lo que a pesar de su lugar de origen los hace hijos de esta tierra. ¿No es el maestro Alejandro Obregón un nativo de Barcelona, España y está considerado como un pintor caribe y muy nuestro? ¿No es el caso del maestro Roda, nacido también en España? O el de Grau, nacido en Panamá. Para nosotros los nombres de Ricardo Angulo, oriundo de Santa Marta, Jesús Niño Botía, de Santander, Eduardo Mogollón, de Fusagasuga, Luis Eduardo Penagos, de Tunja, tienen en el imaginario popular y social un sentido real de pertenencia al Tolima.

Respecto al género, diez son escultores, lo que arroja un porcentaje frente al total del 14 %. Desde luego, varios otros artistas tolimenses fuera de los contabilizados hacen escultura de manera episódica y no como objetivo central de su tarea. Es entonces que surgen importantes figuras al estilo del consagrado Mardoqueo Montaña, nacido en 1925 o Julio Fajardo, Premio Nacional, pero actualmente el único que se proyecta internacionalmente con amplia aceptación de la crítica especializada es Germán Botero, (1946), oriundo del Fresno.- Tamben contamos con el maestro Israel Rozo (1940), residente en Medellín desde hace dos décadas, con academia destacada en la capital paisa donde pueden observarse más de una docena de trabajos suyos en sitios públicos. El balance nos señala a los escultores Jesús N. Botía (1928), Arcadio González (1932), Rosendo Gil (1938), todos con obras monumentales en diversos sitios de Colombia, agregando a la nómina a Ancizar Guzmán (1948), Maria Victoria Bonilla (1956), Enrique Saldaña (1960) y Oscar Azula (1963).

Los otros, quizá por haber permanecido anclados en la provincia, alcanzan por sus trabajos públicos una proyección interesante, pero sin eventos que los confronten más allá del estrecho marco de los municipios o de la capital del Tolima. Además no existe una mínima tendencia que marque el propósito, trátese del sector privado o público, de exornar la ciudad, por lo menos, con un número representativo de obras como para ofrecerle un carácter en este sentido.

Cinco son los maestros fallecidos, Darío Jiménez, Julio Fajardo, Fernando Devis, Luis Eduardo Penagos y Antonio Camacho Rugeles.

De otra parte, 14 son las mujeres para un porcentaje del 19,2 % del total.

Varios con los pintores tolimenses que no figuran en la obra, debido a las dificultades para contactarlos. Sin embargo, la investigación arrojó como resultado la existencia productiva y exitosa de Jairo Arias Barragán, más conocido con el seudónimo de Naide, caricaturista merecedor del premio Simón Bolívar en su género y quién reside desde hace varios años en Nueva York donde realiza exposiciones y ventas con resultado satisfactorio. Lo mismo ocurre con Miller Ramírez, residente en Berna, Suiza, y quien con un atractivo y amplio estudio consolidó una obra que ya fue adquirida por el Museo de Arte Moderno de esa ciudad, al tiempo que lograba exposiciones individuales y participación en colectivas importantes. De otro lado se encuentran nombres como el de un joven malogrado tempranamente, Luis Fernando Mejía, el que apuntaba, por las muestras que hiciera de sus obras, como un importante valor de la pintura.

El inventario señala la existencia de Pedro Cabrera, cuyo trabajo está representado en varios murales que dan categoría a la ciudad de Ibagué; Rodrigo Facundo con su mixtura entre fotografía y bahareque, Claudia Ortiz con sus instalaciones realizadas con vejigas de res y vegetales, Staruska, ibaguereña que ha trabajado la música, el teatro, y esencialmente las tintas con dibujos a color que reflejan la ternura y la minuciosidad alegre. Finalmente se advierte la presencia Juan Vidales, oriundo de Purificación, un nuevo y vigoroso valor de la pintura que con su estilo particular comienza a tener eco, tal como lo verifica su segundo premio en el Salón Regional organizado por Viva el Arte, en diciembre de 1996. Surge también con paso firme el trabajo de Hernando Morales, un espectacular cantautor nacido en el Líbano, cuya música está presente en su pintura donde la poesía y la denuncia de la injusticia van de la mano de la línea y el color. Y está Herney Nieto, residente en Ambalema, quien consolida de manera silenciosa pero firme una obra sobre su entorno. Todos ellos son las nuevas figuras de la pintura tolimense, si agregamos a Carlos Soto, José Joaquín Moreno, Olga Martínez, César Augusto González, Yamir Guiza y Norma Constanza Osorio, con quienes se completa la nómina de los ausentes, debido, en ocasiones, a la imposibilidad de contactarlos, y en otras al poco interés mostrado por ellos para un total de quince pintores no registrados. Desde luego cabe advertir que pueden encontrarse figuras de la plástica que desconozcamos y que seguramente, ya en el exterior o en alguna olvidada región de la patria, estén realizando su oficio con marcado talento y que verán más adelante, en la medida que este primero intento lo provoque, el reconocimiento debido a su esfuerzo.

Temáticamente un notable número de maestros recorren, cada uno en su estilo y escuela, buena parte de la región. Entrañables rincones y lugares del departamento han quedado reflejados en sus obras, así como otros manejan un lenguaje universal. Almonacid, primitivista, ha pintado todos los parques de los 46 municipios con sus características iglesias, arborización y gente. Angulo, con sus acuarelas y sus óleos si bien es cierto retrotrae el mar y los entornos costeros, también lo hace con testimonios que tipifican al departamento. No están ausentes Mariana Varela y la más pura expresión del paisaje tolimense tras sus encantadores experimentos con plumilla y dibujos eróticos. Jorge Troncoso con sus variaciones alrededor del tema de la fertilidad y Eddy Zárate con sus parajes entre melancólicos y festivos, así como Hernando Osorio en su búsqueda del mundo primigenio.

Aquí vibra la expresión pictórica, en todas sus facetas donde a veces la exhuberancia de color, el talento, buen gusto y sensibilidad se muestran con sus equilibrados toques cromáticos, en ocasiones con abruptas estridencias o con equilibrio y ponderación que convierten los cuadros en la factura alegre y la perfección formal, rasgos de la personalidad creadora.

Momentos de la vida pueblerina con sus prostitutas y sus bares como en Edilberto Calderón, la vida carnavalesca y folclórica del joven Carlos Callejas invadiendo lo mítico y religioso, la naturaleza enfocada desde el ramaje y desde lo microcósmico a lo abstracto en lo que ha dado en llamarse el bioformismo en Penagos Valencia, el manejo de la cinta para un aerodinamismo plástico en Suliban, las ilustraciones e historietas a plumilla y tinta de Armando Aragón Arias, la exploración del tema precolombino en Carlos Baena, la figura y el paisaje con tintes postmodernos en Oscar Azula, el tratamiento del geometrismo inscrito en el tema prehispánico donde la geografía humana, la naturaleza y el erotismo juegan su equilibrio en Edgar Varón Oviedo, la temática costumbrista en Olmer Rojas, y el colorido intrépido de Gustavo Rojas, son igualmente algunos de los puntos tocados por nuestros artistas.

Puede palparse la interpretación onírica de la realidad en Fernando Molina, el neoprimitivismo que, como resultado de una simbiosis de realismo, hiperrealismo y costumbrismo apuntando a las raíces en la técnica del estropajo manejada por Esteban Sánchez, le dan un toque particular, y lo erótico instrumentado con la técnica del lapicero en Jorge Soda.

Está también la obra de Yesid Gutiérrez que sugiere y provoca mediante la línea un simbolismo atrapador, el erotismo con humor en Marco Alejandro Rico que refleja su preocupación por la violencia, el sexo y la muerte y una serie fiestera de formas especiales que crean dinamismo sin representar lo visible sino la imperceptibilidad de las cosas en Esperanza Betancourt. No se escapa la perfomance que a través de la imagen y el sonido trabaja actualmente Hernando Carrizosa tras figuras monumentales de trazo y color contundente, ni el experimento exitoso de Germán Botero con los conceptos integrados entre escultura y arquitectura que testimonian la visión de una especie de arqueología industrial.

Las abstracciones de Manuel José Álvarez, los laberintos de Ana Elvia Barreto, los telares de Gloria Bustamante, el puntillismo de Ancizar Guzmán y Rosendo Gil con predominio de azules, las mujeres de Mario Lafont, el manejo diestro de la figura humana en Fabio Morales, la pintura escultórica de Jesús Niño Botía y la búsqueda precolombina actual de Manuel León, son otros enfoques que van conformando el panorama de nuestros artistas.

José ringas, de otra parte, quedó hipnotizado por el paisaje tolimense anclándose en ocobos, cámbulos y montañas con un tratamiento ingenuo y colorista, en contraste con Alberto Nuño que, testimoniando lo precolombino, juega al expresionismo abstracto trátese de narigueras, pectorales o collares.

No faltan las flores abigarradas con el colorido y la composición clásica de Lucía Duque o María del Pilar Gutiérrez, la imagen de la mujer como objeto del deseo elevada a la protesta desde el kich, la técnica mixta y el sentido lúdico en ana Maria Devis con propuesta interesante y postmoderna, los planos particulares de Manuel Figueroa, los cóndores apenas con alas y sugerencia precolombina e indígena de Carlos Juez, las alcobas de Claudia Llano habitadas por enseres comunes en espacios sencillos, las acuarelas expresionistas de Margarita Rosa donde la figura femenina se mece en el erotismo y la sensualidad, los desnudos, los bodegones y sobre todo los arlequines de Marta Parra, la imagen folclórica en Gustavo Bautista o Luz Myriam Díaz, las acuarelas de Gilberto Lesmes, Carlos Naranjo y Luis Eduardo Penagos, los paisajes llenos de luz de Camilo Medina o los de opacidad permanente en Jorge Ramírez, a más de los impresionantes retratos de Eduardo Mogollón, que complementan la muestra.

Tampoco están ausentes los ambientes apocalípticos surrealistas y fantásticos en Jairo Barrios, lo pintoresco de la variedad de regiones en Eladio Ramos, el paisaje expresionista de Luis Eduardo Rodríguez y hasta el juego de los cuatro elementos realizado por ana Maria Rueda. La antigua militancia política, los tiempos de represión y de encierro muestran a Armando Martínez en una serie de formas que causan rechazo y que no lo dejan a uno impávido o indiferente frente a sus trabajos en óleos de grandes formatos. Y en contraste, la composición figurativa-narrativa con temas religiosos en un audaz manejo del color y las formas clásicas con aditamentos de lo contemporáneo en Darío Ortiz Robledo.

Los bodegones, caballitos de carrusel, los desnudos y los payasos con la maestría de Alberto Soto, las aguadoras, bodegones, caballos y lavanderas del consagrado Jorge Elías Triana y el figurativismo espectacular de Carlos Granada, conforman al igual que las obras de Darío Jiménez, Julio Fajardo, y Fernando Devis, el plano mayor de los artistas tolimenses que trascienden el marco regional y dejan una valiosa impronta por su cuidadoso y perenne trabajo plástico.

Pintores del Tolima es, así, un vasto fresco sobre lo que ha sido, es y probablemente será el quehacer pictórico y escultórico en el Tolima durante poco menos que una centuria. El balance, a nuestro entender, es satisfactorio. Pijao Editores, además de considerar este libro como una valiosa obra de divulgación y ponderación, quiere a la vez dejar un testimonio de homenaje a todos aquellos que con su trabajo arduo, en ocasiones no reconocido pero siempre vital y creador, han plasmado la idiosincrasia del Tolima en sus telas y bronces y la han proyectado a todo el país y también, en algunos casos, al espacioso mundo.

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